De una pandemia en Atenas a la Luna: cómo la geometría griega abrió las puertas del universo

De una pandemia en Atenas a la Luna: cómo la geometría griega abrió las puertas del universo

Juan Gabriel Gomila Juan Gabriel Gomila
10 minutos

Leer el artículo
Audio generated by DropInBlog's Blog Voice AI™ may have slight pronunciation nuances. Learn more

Contenidos

Hace más de dos mil años, un hombre clavó un palo en el suelo, midió una sombra y calculó el tamaño de la Tierra entera. Sin satélites, sin GPS, sin cohetes ni teléfono móvil. Solo con el poder de la geometría. Eratóstenes lo hizo sin moverse de casa, y hoy lo damos por hecho, pero llegar a la Luna empezó exactamente ahí.

Y aquí va una verdad incómoda para cualquiera que sufriera las matemáticas en el instituto: nos las vendieron mal. "Estudia matemáticas para que el día que construyas un puente no se te caiga." Esa frase, que quizá valga para un ingeniero, no le dice absolutamente nada a un chaval de quince años. Las matemáticas no se odian por su contenido, se odian porque se explican fatal.

El reencuadre lo cambia todo: las matemáticas son, sobre todo, una herramienta para ordenar el pensamiento. Y el viaje a la Luna no fue tanto un problema tecnológico como la culminación de un gigantesco efecto dominó de ideas que arranca en la Grecia clásica. La Luna fue, antes que nada, un triunfo de la imaginación humana.

En una conversación con el matemático e investigador Llorenç Valverde, autor del libro De Pericles a la Luna, recorrimos ese dominó pieza a pieza: de una pandemia en Atenas y un oráculo, a las cónicas, las órbitas de Kepler y la gravedad de Newton. Te lo cuento.


Las matemáticas no nacen para sujetar puentes, nacen de la curiosidad

Sí, todo empieza con una necesidad. Los primeros humanos tenían que contar: cuántos son para comer (los cardinales) y quién come primero (los ordinales). Más claro imposible. Pero enseguida ocurre algo mágico y constante en toda la historia: las herramientas que inventamos para resolver un problema pequeño resultan ser mucho más potentes que ese problema. Y ahí, en la especulación, es donde aparecen las matemáticas de verdad interesantes.

El teorema de Pitágoras es el ejemplo perfecto de cómo lo enseñamos al revés. Todo el mundo memoriza que la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Pero lo verdaderamente útil no es eso, es el recíproco: si en un triángulo se cumple esa relación, entonces el ángulo es recto. Con eso, los agrimensores egipcios marcaban las tierras tras las inundaciones del Nilo, usando una cuerda con nudos equiespaciados, tres de un lado, cuatro de otro, cinco cerrando, para trazar un ángulo recto perfecto. En los Elementos de Euclides, esa es la proposición que casi nadie explica.

Si quieres redescubrir la geometría por el lado que de verdad engancha, el del porqué y el para qué, el curso Geometría desde cero la enseña desde esa mirada.

Una pandemia, un oráculo y el problema imposible que lo empezó todo

Aquí está el corazón de la historia. En la Atenas del siglo V a.C., en pleno esplendor de la época de Pericles, estalla una pandemia que se lleva por delante a cerca de un tercio de la población. Entre las víctimas, el propio Pericles. Desesperados, los atenienses consultan el oráculo de Delfos, en el Templo de Apolo. Y conviene entender algo: el oráculo no era un adivino, era un solucionador. Le planteabas un problema y te daba una salida.

¿La respuesta para frenar la plaga? Duplicar el altar cúbico de Apolo. Es decir, construir un cubo con exactamente el doble de volumen. Eso, que suena inocente, es uno de los tres grandes problemas de la Antigüedad clásica: la duplicación del cubo (junto a la trisección del ángulo y la cuadratura del círculo). Y siglos después se demostró que, con las restricciones de regla y compás, no tiene solución.

Pero que algo sea imposible nunca ha frenado a un matemático curioso. Al intentar resolverlo, Apolonio de Perge se dedicó a estudiar con un detalle obsesivo las cónicas, parábolas, elipses e hipérbolas, siguiendo el esquema de los Elementos de Euclides. Nadie sabía entonces que esas curvas, nacidas de un altar y una pandemia, acabarían siendo la llave del cosmos.

El efecto dominó: de las cónicas a las órbitas de los planetas

Durante siglos, la astronomía estuvo atrapada por una idea de Platón: los movimientos celestes debían ser circulares, porque el círculo era la figura perfecta. Así que Hiparco, Ptolomeo y compañía montaron sistemas de círculos sobre círculos sobre círculos para cuadrar lo que veían en el cielo. Funcionaba a medias, y el modelo de Ptolomeo aguantó más de mil cuatrocientos años.

Entonces llega la cadena que lo rompe todo:

  • Copérnico se atreve a mover el centro del universo hacia el Sol (aunque algo desplazado).
  • Tycho Brahe se pasa 25 años midiendo con una precisión inédita la posición de los planetas.
  • Kepler, ajustando curvas a esos datos, descubre que los planetas no giran en círculos, sino en órbitas elípticas, con el Sol en uno de los focos. ¿Y por qué pudo reconocer esa curva? Porque había estudiado las cónicas de Apolonio, aquellas que nacieron de un problema sin solución.

El dominó completo tiene 2.000 años y no se rompió por el camino gracias a dos puentes que casi nunca reciben crédito: los árabes, que salvaron y transmitieron el conocimiento griego a Europa (sin ellos se habría perdido), y la escuela india de Kerala, que desarrolló las series matemáticas doscientos años antes que los anglosajones a quienes solemos atribuir el mérito. La historia real de las matemáticas es mucho más coral de lo que nos contaron.

De la geometría a la gravedad: Descartes, Newton y la caída final

El penúltimo empujón lo dan Fermat y Descartes, que convierten la geometría en álgebra, la geometría analítica, apoyándose precisamente en las cónicas, esas cómodas curvas de segundo grado que sí sabían resolver. Y sobre ese terreno, Leibniz y Newton levantan el cálculo.

El remate es puro poema científico. Newton plantea que la gravedad es una fuerza central inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Y cuando resuelve qué curva describe un cuerpo sometido a esa fuerza, la ecuación diferencial le devuelve… una elipse. Lo que Kepler había descubierto a base de ajustar datos, Newton lo deduce desde la física pura. Dos caminos opuestos que confluyen en el mismo punto. Ese cálculo, por cierto, quizá habría nacido mil años antes: Arquímedes ya hacía "cortes" muy cercanos a la integral, pero su obra clave estuvo perdida hasta principios del siglo XX.

Toda esta historia es trigonometría, cálculo y geometría analítica trenzados. La trigonometría, de hecho, no nace del seno y el coseno que memorizas: nace de una necesidad astronómica pura, la de convertir en ángulos las distancias que no podías medir por estar demasiado lejos. Si te apetece recorrer esas piezas con sentido, ahí están la Trigonometría desde cero y el Cálculo diferencial desde cero.

La idea clave: lo inútil de hoy es la solución de mañana

El mensaje del libro, y de toda esta historia, es más actual de lo que parece. El viaje a la Luna no fue un salto tecnológico aislado, sino la herencia acumulada de ideas que empezaron con una pandemia y un altar cúbico. Y el gran aviso es este: el espíritu utilitarista y urgente de hoy no es el mejor terreno para la ciencia. Las cónicas fueron durante siglos "matemática por la matemática"; los números primos, un juego abstracto sin uso. Hoy sostienen la astronáutica y la criptografía que protege tus datos.

El antes y el después es una cuestión de mirada. Antes: matemáticas como una lista de fórmulas que hay que aprobar y olvidar. Después: matemáticas como un viaje de ideas, donde el motor del progreso no es lo que sabemos, sino nuestra ignorancia, lo que aún no sabemos es infinitamente más grande, y por eso vale la pena investigarlo.

¿Y la inteligencia artificial en todo esto? Valverde lo tiene claro, y coincide con lo que repetimos por aquí: es una herramienta increíble, pero solo después de haber pensado tú primero. Usarla para hablar de lo que no dominas, sin espíritu crítico, es el verdadero peligro. Porque, al final, sin ideas no hay máquinas. Las máquinas son fruto de las ideas, nunca al revés.

Si esta forma de mirar las matemáticas, por el porqué, no por la fórmula, te ha abierto el apetito, esa es exactamente la filosofía de la ruta de matemáticas de Frogames: entender antes que memorizar. Empieza a mirar el cielo de otra manera.

Preguntas Frecuentes

¿Quién fue Eratóstenes y cómo calculó el tamaño de la Tierra?

Eratóstenes fue un matemático griego que estimó la circunferencia de la Tierra midiendo la sombra de un palo y aplicando principios de geometría hace más de 2.000 años.

¿Qué relación tienen las matemáticas con el viaje a la Luna?

El viaje a la Luna fue posible gracias a siglos de avances en geometría, astronomía, cálculo y física, construidos sobre ideas matemáticas desarrolladas desde la Antigüedad.

¿Por qué fueron tan importantes las cónicas?

Las cónicas (elipses, parábolas e hipérbolas) permitieron a Kepler describir las órbitas de los planetas y a Newton explicar matemáticamente la gravedad.

¿Qué enseñan realmente las matemáticas?

Más allá de resolver problemas numéricos, las matemáticas ayudan a desarrollar el pensamiento lógico, la capacidad de razonar y la resolución de problemas complejos.

¿Por qué estudiar matemáticas si parecen no tener utilidad inmediata?

Muchas ideas matemáticas nacieron por pura curiosidad y siglos después se convirtieron en la base de tecnologías como la exploración espacial, la criptografía o la inteligencia artificial.

« Volver al Blog